TEATRO: EL CABARET DE LOS HOMBRES PERDIDOS

LA VIDA ES UN CABARET

Género a menudo considerado peyorativamente “menor”, el cabaret ha sido siempre un lugar de resistencia y crítica social a través de la música y el humor. Un espacio de rebeldía y transgresión que pone en escena lo que el sistema mantiene en los márgenes, lo que desecha u oculta, manifestando – fundamentalmente a través de la farsa- su disconformidad con los modos de representación de la cultura dominante. Desde su origen, la cuestión política y la sexual fueron sus pilares. Allí aparecieron los primeros travestis[1] en un escenario y también las primeras pantomimas que dieron cabida a la diversidad sexual. Esa tradición cuestionadora es la que reivindica El cabaret de los hombres perdidos, versión argentina del  musical dramático creado en Francia por Christian Simeon (texto) y Patrick Laviosa (música), a partir de una idea original del realizador Jean-Luc Revol.

cabaret hombres

El argumento se centra en Dicky (Esteban Masturini), un joven que, tras ser duramente golpeado, llega a un bar de la zona roja gay en busca de auxilio. Allí, en la penumbra de ese reducto casi vacío –solo están el barman y una travesti- se encontrará con su Destino (un excelente Omar Calicchio), quién lo hará abandonar su ambición de convertirse en cantante acercándolo al mundo de la pornografía. A partir de esta primera incursión, el muchacho irá tratando de moldear su carrera artística hasta llegar a la cima como cantante, una posibilidad que no desechará a pesar de los sucesivos “desvíos”. Pronto (quizás demasiado para Dicky) llegarán la cima y la consiguiente caída como etapas lógicas de un proceso inevitable. Una escala numérica a un costado del escenario -el pasionómetro– irá advirtiendo al público de la llegada de cada uno de los siete estadios que llevan al derrumbe, del cual el espectador está advertido desde el comienzo ya que la sorpresa que, sin duda, depara el espectáculo pasa por otro lado[2].

El cabaret de los hombres perdidos no oculta -como tampoco lo hace el cabaret- su calidad de artificio, explorando los resortes de la teatralidad desde la evidencia de lo meta-teatral. La misma canción inicial lo pone de manifiesto: “Este show es la carnada, no lo vayan a tragar”, dice el presentador. Continuamente se busca el distanciamiento mediante diferentes recursos que van desde entrar y salir de la ficción hasta la interrupción de la representación para que otro actor se haga cargo del personaje. Por otro lado, la historia lleva en sí misma una autorreflexión en tanto que versa sobre el mundo del espectáculo: el cine pornográfico y sus entretelones, el cabaret, los shows de streep tease, la crítica, el estrellato.

El humor ácido, inteligente, corrosivo, se desprende de situaciones insólitas y algunos personajes caricaturescos que, no obstante, llevan a la reflexión sobre una realidad dura a la que con frecuencia se le da la espalda[3]. Las canciones pasan del sarcasmo al romanticismo, de la ternura a la ironía, recorriendo una amplia gama sentimental y melódica. Finalmente, el mundo trágico marginal es puesto en tensión con el idílico status quo de la pareja establecida y la vida pequeño burguesa (“lo grotesco”, según lo define El Destino), en una aguda e hilarante puesta en escena que no deja de lado la crítica social. La baja cultura es abordada constantemente desde un lenguaje culto que no hace concesiones a la grosería o el chiste fácil, y este contraste también pone de relieve la tensión entre los dos mundos que la obra contrapone.

La excelente dirección, el deslumbrante vestuario y las magníficas actuaciones entre las que se destacan la mencionada de Calicchio y la de Roberto Peloni –también a cargo de la muy apropiada traducción de las canciones- hacen de El cabaret de los hombres perdidos un espectáculo completo, en el que la palabra “completo” adquiere una significación realmente cabal.

El espectáculo ha sido reconocido con seis Premios HUGO, incluyendo el  HUGO DE ORO por la temporada 2012/13

FICHA TÉCNICA

 El cabaret de los hombres perdidos

Autores: Cristian Simeon (texto y letras) y Patrick Laviosa (música), sobre una idea original de Jean-Luc Revol

Vestuario: René Diviú y Calicchio

Coreografía: Seku Faillace

Iluminación: Gonzalo Cordova

Sonido: Rodrigo Lavecchia

Adaptación de la letra de las canciones: Roberto Peloni, con participación de Jorge Schussheim

Dirección: Lía Jelín

Elenco: Omar Calicchio, Diego Mariani, Esteban Masturini, Roberto Peloni

Músico en escena: Gaby Goldman (piano, arreglos y dirección musical)

 

Funciones: días martes 20.30 horas, en el Teatro Concert Molière, Balcarce 682 CABA

 

[1] En su artículo “Calderón: Transexualidad del poder y travestismo de la subversión”, Luis Facelli explora la capacidad transgresora  -subversiva- del travestismo, como cuestionador del poder y las categorías establecidas (en este caso las genéricas).

[2] Las siete fases a las que hace referencia el pasionómetro son: el encuentro con el público, la identificación, el deslumbramiento, la fama, la desaceleración, el abandono de lo que posee como artista y el final.

[3] Los estereotipos como “el paraguayo” o “el asistente gay” tan asiduos en nuestra televisión adquieren otra dimensión en el contexto planteado, en tanto que aquí se revelan como lo que son: estereotipos.

Anuncios