TEATRO: ALMAS ARDIENTES

UNA CRUZA INESPERADA

Santiago Loza nos tiene acostumbrados a exploraciones exhaustivas del mundo femenino íntimo; incluso, a la irrupción en él de lo extraordinario, de aquello que lo cambia todo. No sorprende, entonces, que las protagonistas de Almas ardientes sean mujeres y que la obra, aún con una estructura más compleja, explote el monólogo como uno de sus recursos más significativos, sin duda una de las mayores habilidades del dramaturgo. Por su parte, el teatro de Alejandro Tantanian tiene cierta ferocidad; una “crueldad”, en el sentido artaudiano del concepto, que constituye su sello más personal. Es natural, entonces, que la “cruza” entre ambas estéticas de un resultado potente, y esto no solo desde los sistemas sígnicos puestos en juego, sino desde los campos semánticos que dichos sistemas abren. En este sentido, es notable como con pocos elementos –aunque estos impliquen una producción no precisamente austera- la puesta logra desarrollar mundos cambiantes, potenciar situaciones, tensionar la escena o distenderla y hasta “acercar” lo trascendente religioso (y aquí, entran a tallar los sentidos diversos de ardor entre los que el espectáculo se despliega: el ardor erótico; el ardor del éxtasis místico; el ardor de un verano convulsionado que está por empezar, ya que la trama está anclada en un día del 2001, la jornada del 19 de diciembre, previa a la explosión popular cuya represión dejó varios muertos.

ALMAS ARDIENTES

Hay diversos ejes que pueden explorarse para dar cuenta de la obra, ya que –como se dijo- estamos frente a  una pieza compleja. Voy a elegir el de cerca-lejos no por ser el más relevante, sino porque no viene al caso transitar todos los caminos que el espectáculo propone y este promete una buena panorámica. Los personajes de Almas ardientes son nueve mujeres de clase media-alta que tienen en común no solo su status social sino el aislamiento en el que viven, confinadas en enormes y solitarias casas a la espera de que vuelvan sus hijos o sus maridos, “obligadas” a debatirse en jornadas interminables entre compras y electrodomésticos y decisiones absolutamente menores. En este mundo, solo en apariencia amplio, hasta el deseo –representado en escena por un único y mudo actor en distintos personajes- parece tener corto vuelo. Loza hace una excelente pintura de clase, a partir de dos procedimientos estéticos diversos que tienen su correlación en escena en diferentes espacios en relación con el mencionado eje. Lejos, en el escenario propiamente dicho, se desarrollan los monólogos que dan cuenta del derrotero interno de estas mujeres, alejadas unas de otras no solo por sus enormes parques sino por la imposibilidad de una comunicación verdadera; aunque en apariencia “varios”, se trata en realidad de un solo monólogo que se despliega a través de cada una de ellas, protagonistas por igual a la hora de conformar un todo. En oposición a este espacio se construye el otro, el espacio común del proscenio, el cerca compartido a través de una actividad conjunta: el taller literario o la pileta; es un lugar de fallido intercambio dialógico en el que empieza a repercutir un afuera considerado lejano: el clamor popular ya incontenible que amenaza atravesar las paredes no solo en sentido simbólico. Es un planteo eminentemente político en tanto logra captar el gestus de una clase que se creyó al margen de un conflicto que trajo una de las crisis de mayor relevancia de nuestra historia; el problema es su resolución en escena: el arrebato místico. Esta también es una “cruza inesperada”, a pesar de los signos que desde el comienzo el espectáculo propone en esta dirección –desde el programa de mano a los grandes cuadros y el ángel del inicio-. Una cruza que al tensionar en forma extrema lo político y lo religioso parecería anular necesariamente la fuerza de uno de los extremos, a menos que… Una vez más estamos en la disyuntiva cerca-lejos.

Mujeres ardientes no es una obra que pueda digerirse así nomás, como quien da cuenta de un entremés. Es muy extensa –dos horas, aproximadamente- y de mucha densidad, con “mucha tela para cortar”. Tiene sus falencias, es cierto, pero habérsela con ella es toda una experiencia. No es casualidad que no se la pueda reseñar en unas pocas líneas. Eso sí, vaya preparado: quizás rumiar todo le lleve unos días.

FICHA TÉCNICA

Dramaturgia: Santiago Loza

Dirección: Alejandro Tantanian

Diseño sonoro y Música original: Diego Penelas

Vestuario: Oria Puppo

Escenografía: Oria Puppo

Iluminación: Jorge Pastorino

Elenco: Gaby Ferrero, María Onetto, Stella Galazzi, Maricel Álvarez, Eugenia Alonso, Analía Couceyro, Paula Kohan, María Inés Sancerni, Mirta Busnelli y Santiago Gamardo.

FUNCIONES: Miércoles a sábados 21 horas, domingos 19 hs – Teatro San Martín

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