TEATRO: LA LLUVIA DE VERANO

La historia empieza siendo confusa: no se sabe muy bien quiénes son esas personas, de dónde vinieron, en que consiste esa extrañeza que la distingue de otras familias igualmente suburbanas. Padre abañil desocupado, madre ama de casa, extranjeros, viviendo a un costado de la vía gracias a la ayuda de los servicios sociales, varios hijos de edades indefinidas. La dramaturgia de Stella Galazzi respeta el espíritu de la novela de Marguerite Duras (1990) en lo esencial, recurriendo, en ocasiones, a cierta literalidad. Por debajo de los acontecimientos concretos, aparecen, entonces, los grandes temas sobre los que la autora francesa reflexiona a través de esa familia y sus conflictos, en especial, del hijo mayor, aparentemente un genio que se niega a ir a la escuela, pero que lee vorazmente cuanto llega a sus manos gracias a una habilidad que desarrolló en soledad, sin enseñanza alguna, de a poco, gracias a un tomo del Eclesiastés que encontró a medio quemar.

LA LLUVIA DE VERANO

El texto original fue primero un cuento y luego un film (Los niños, 1985), antes de ser una novela. La adaptación de Galazzi se realiza sobre la traducción de Lilí Grinberg, quien también tiene a su cargo el papel de la madre. La puesta en escena potencializa lo medular de la obra de Duras, proporcionando el universo teatral que la obra merece gracias, no solo a sólidas actuaciones, sino también a una ambientación que permite la condensación inevitable de toda adaptación de un texto mayor. Sin ese anclaje (diseño de escenografía y vestuario de Carlos Di Pasquo, iluminación a cargo de Marco Pastorino) y el mecanismo escénico preciso que impone la directora, las ambigüedades que constantemente desarrolla a conciencia la pieza se perderían. Otro tanto puede decirse del aporte audiovisual que abre y bifurca el espacio creando un ámbito de sentido diverso, aporte que constituye una obra de excelente manufactura en sí mismo.

Varias  cuestiones atemporales convergen en el texto dramático, aunque no de manera sistemática, sino subyaciendo a otros planteos más coyunturales que circulan por la obra: la inmigración y el desarraigo, los vínculos familiares en crisis, las certezas que dan o no los libros, la sabiduría  y eso que falta –en el sentido lacaniano- y que le da sentido a todo. No por casualidad, el primer texto con el que arranca la lectura de Ernesto es el Eclesiastés, ni por casualidad, prefiere desconocer “las cosas que no sabe”, motivo por el que abandona la escuela. Con un humor sutil y sin la solemnidad de quien afronta los temas esenciales, Duras-Galazzi nos adentran en un mundo algo salvaje donde las palabras alcanzan una gran carga pero, a su vez, también cierta liviandad. Difícil equilibrio que la dramaturga y directora parece haber encontrado.

Una pieza de origen literario que llega a escena a través de recursos genuinos.

Funciones: domingos 21 Horas – EL KAFKA ESPACIO TEATRALLambaré 866, CABA.

FICHA TÉCNICA

Autora: Marguerite Duras

Traducción: Lilí Grinberg

Dirección y Dramaturgia: Stella Galazzi

Diseño de escenografía y vestuario: Carlos Di Pasquo

Audiovisual y fotos: Carolina Zarzoso y Ariel contini

Diseño de iluminación: Marco Pastorino

Música original y diseño sonoro: Gustavo García Mendy

Diseño gráfico: Javier Gazzé

Producción ejecutiva: romina ciera

Elenco: Alejandro Caprotta, Lilí Grinberg, Marcos Moreno Martínez,  Josefina Pittelli,  Pablo Rinaldi y Stefy Troiano.

 

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