TEATRO: LA MANSA

Un escenario vacío, rodeado de paredes negras, con algunas manchas en el fondo y solo unos pocos objetos en escena da un poco de temor al principio, cuando el espectador se enfrenta por primera vez al universo propuesto. Descartar de entrada toda una gama de posibilidades sígnicas es arriesgado; la extrema austeridad tiene sus peligros. Pero enseguida, Brie y dos jóvenes actores hacen su magia y allí se obra el milagro: toda la belleza y la poesía del texto de Dostoievski se hacen presentes y, también, la profundidad de su reflexión, aquella que pone al descubierto los diferentes matices del amor y la soledad, de la extrema pobreza, esa que deja las necesidades básicas -no solo materiales- insatisfechas, y la enorme distancia entre los sueños y la realidad circundante.

Basada en la novela corta homónima de Fiódor Dostoievski, publicada en noviembre de 1876, La mansa en la adaptación de Brie se encuadra en ese teatro eminentemente narrativo que el dramaturgo suele frecuentar con gran suceso en cuanto al resultado estético: las cavilaciones de sus personajes con sus réplicas, y las acciones que las acompañan, son siempre fructíferas en cuanto a lo que acontece en el escenario, a la vez que permiten una elaboración más profunda de aquello que se plantea. En este caso, son dos los personajes que cuentan la historia, a diferencia de lo que sucede en el texto original: el usurero y la chica -huérfana y pobre- de dieciséis años, obligada a casarse. Brie va a lo medular y deja que flote en el aire, desde el principio, ese sino trágico que inevitablemente acompaña a esos dos seres que el destino junta. Unos zapatos al borde de una mesa/cama cuentan silenciosamente una historia que solo luego va a desarrollarse (difícil no asociarlos con aquellos que pinta Van Gogh y describe Heidegger, precisamente por la condensación de sentido). La mesa será una puerta, una pared o una cama, tal la ductilidad de los objetos a la que nos tiene acostumbrados el director.

Es vital para que este “milagro” se produzca la presencia en escena de un par de actores que permite que se corporicen algo más que los dos personajes protagónicos (increíble la destreza de Iván Hochman para transformarse en el otro pretendiente de la joven, más allá de que ambos –él y Abril Piterbarg- hacen un trabajo superlativo), dando en todo momento el calibre justo que la escena requiere. Si la obra “leva” es porque ellos saben darle vida a un teatro que es a la vez físico y verbal, simbólico y realista.

Hay algo especialmente sacro en las obras de Brie; algo de celebración que no solo convoca el hecho teatral, sino que tiene que ver con algo más particular, con la poesía y la problemática existencial que ronda todas sus propuestas. Por eso es un realizador tan convocante: nunca sus piezas son intrascendentes.

Funciones: viernes a las 21 hs. Teatro El Extranjero, Valentín Gómez 3378 – CABA


Dramaturgia: César Brie, adaptación de la novela La Mansa, de Fiódor Dostoievski.

Dirección: César Brie

Elenco: Abril Piterbarg e Iván Hochman

Asistencia de dirección: Florencia Michalewicz

Vestuario: Carolina Ferraioulo

Escenografía: Duilio Della Pittima

Música: Pablo Brie

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