TEATRO: LA TERQUEDAD

UNA OBRA MONUMENTAL PARA UN PECADO CAPITAL

Una de las siete obras que conforman la heptalogía sobre la Rueda de los Pecados Capitales, de El Bosco, La Terquedad fue escrita en 2007 y estrenada en varias ciudades del mundo, antes de llegar aquí, la patria del dramaturgo, reversionada, aunque no “aggiornada”, si cabe la palabra. En cierto sentido, la obra tiene esa marca del ciclo que Spregelburd inició en 1996, con huellas muy definidas, además, de lo que fueron las pautas y preocupaciones de la escritura dramática de ese momento, muy fecundo por lo demás; por otro lado, se trata de una temática universal, que, aunque anclada en un tiempo preciso, se refiere a cuestiones más atemporales que atañen a la condición humana y, por ende, a su devenir político. En particular, la pregunta clave que parece preocupar al autor por sobre otras es “¿por qué el fascismo no se presenta nunca como el mal, sino que acude disfrazado de humanismo?”, interrogante que, a pesar de no hallar ni un planteo preciso ni una respuesta puntual, guía la acción.

Sería una simplificación, además de una falsedad, decir que La terquedad es una obra monumental solo por sus tres horas de duración o por su imponente escenografía –corpórea, inmensa, con  múltiples detalles y una disposición que permite siempre un primer y un segundo plano con los que juega el autor, opulenta, neobarroca no solo por su obsesión por lo minucioso sino por ese espacio colmado (el escénico y el intelectual en el que se desarrolla el texto) y la pérdida del centro, pérdida que en la obra motoriza el acontecer dramático-. Hay, además, un intento de atrapar lo inasible, por dar respuesta a esas cuestiones que, precisamente por abarcadoras, apenas se pueden afrontar.

Una fábula real (un comisario valenciano que concibió una lengua artificial) sirve como motivo para encadenar una serie de situaciones que van del dramatismo a la hilaridad más desopilante, combinando en ocasiones ambas vertientes con esa habilidad que tiene Spregelburd para el humor reflexivo, aunque a veces se quede solo en una superficialidad brillante. El cambio del punto de vista, logrado gracias al dispositivo escénico, permite que el espectador asista tres veces a “la misma obra”, aunque, claro, no vea lo mismo siempre, sino partes de una realidad fragmentada que, por otro lado, no podemos estar seguros de ser capaces completar el todo.

Analía Couceyro y Pilar Gamboa, parte del “monumental” elenco. Todos brillantes.

Más allá de eso, y esta es una opinión estrictamente personal (y arriesgada, además), La terquedad parece – sin siquiera proponérselo-  explorar los resortes mismos de la escritura dramática o, más ampliamente, de la representación, y así, en medio del vendaval de encuentros y desencuentros, lugares comunes y exquisiteces,  quizás el primer acto pueda considerarse hasta cierto punto “realista”, el segundo más bien “paródico” y el tercero un tanto más “autorreflexivo”, más consciente de sí mismo a pesar de la multiplicidad de recursos confluyentes, y una mezcla de todos las demás, y esto ser algo más que un juego o una humorada (prestar atención a los detalles discordantes en cada acto), sino cierto modo de mostrar las cartas. Claro que todas mezcladas, muy entreveradas, si no ¿dónde está la gracia?

FUNCIONES de Jueves a Domingos a las 20.00 hs. Teatro Cervantes – Libertad 815 – CABA

FICHA TÉCNICA

Autoría y dirección: Rafael Spregelburd

Música original Nicolás Varchausky

Vestuario Julieta Álvarez

Video Pauli Coton / Agustín Genoud

Escenografía e iluminación Santiago Badillo

Elenco: Rafael Spregelburd, Diego Velázquez, Pilar Gamboa, Analía Couceyro, Paloma Contreras, Pablo Seijo, Andrea Garrote, Santiago Gobernori, Guido Losantos, Alberto Suárez, Lalo Rotavería, Javier Drolas y Mónica Raiola.

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